No es la primera vez que me sucede: puedo estar pensando en cualquier otra cosa, o en nada, y de pronto te aparecés en mi mente en forma de algún recuerdo, o de alguna situación de mi presente sin vos. Como una interferencia en la tele, como un anuncio por cadena nacional en la radio. Ahí estás. Interrumpo mi programación para sentirte.
Enseguida viene el temblor. Leve, no es algo espasmódico. Es más bien como un estremecimiento. Un chucho de frío, dirías vos. Y las lágrimas empiezan a picar. ¿Por qué lloro, si me alegra que me visites?
Me descubro con la vista fija en un punto en el que objetivamente no hay nada para mirar. Me gusta pensar que de algún modo sé que estás ahí, en la silla de al lado en este bar, o junto a la ventana en mi oficina, o parada en la puerta de mi dormitorio.
Me esfuerzo por ver algo, una mínima coloración en el aire, una levísima opacidad. Pero no hay caso. Quizá sea mejor así.
Me basta con sentir la textura de las arrugas de tus manos sobre las mías, el calor de tu abrazo de saquito y pañoleta, tu voz susurrándome “pichona” al oído.
Qué suerte que estás acá, abuela, qué suerte que no me dejaste sola. Qué suerte. Gracias.
"Mis deseos son órdenes para mí." (Oscar Wilde)
domingo, 1 de mayo de 2011
Un día sin Dios
Este es un cuento escrito durante las Pascuas. La consigna fue "Un día sin Dios"
Hoy desperté transpirada, con jaqueca y atea.
Busqué en mi mesita de luz la Biblia y traté de leer algunos versículos. Me reí como si me hubiesen contado un chiste, de esos que no volví a escuchar desde que decidí internarme en el convento.
Me arrodillé para mis plegarias matutinas y me sentí ridícula, hablando sola y sin entender ni una palabra. Padre nuestro… ¿Nuestro? ¿De quiénes? ¿Padre? Yo soy huérfana, me dije.
El hábito colgaba en una silla. Quise ponérmelo y no supe cómo. Me enredé en él y casi me caigo. Eso también me dio risa.
En ese momento sonaron las campanas que llamaban a la misa. Sabía que debía vestirme y reunirme con las hermanas. ¿Qué hermanas?, pensé. Esas no son mis hermanas. Y me acordé de Clara y de Paulina, tan lejos, tan fuera del mundo en el que hasta ahora yo vivía.
Un mundo que se había esfumado durante la noche y me había dejado completamente desnuda. Pura piel y vísceras, pura vista, oído, olfato, gusto, tacto. Puro instinto.
No me había quedado ni siquiera el pudor. Ni siquiera el miedo.
Algo andaba mal. Me sentía demasiado bien.
De modo que esto es ser atea, me dije. Así se siente no creer en Dios.
¿Qué había pasado mientras dormía? ¿Qué castigo divino, qué extraño aprendizaje me había despojado de todo lo que moldeaba mi personalidad y me había convertido en otra cosa? Ni siquiera me atrevía a afirmar que aún era una persona.
Otras monjas sufrieron crisis de fe antes que yo. Imploraron perdón, se flagelaron. Todas juntas rezamos para ayudarlas a reencontrarse con Dios, y cantamos con alborozo cuando ellas volvieron al camino del Señor.
Pero ahora, de solo imaginar a las hermanas rezando por mí me daba vergüenza ajena.
–Se acabó. No hay Dios –dije en voz alta. Y salí de mi celda, desnuda. Recorrí el pasillo sin mirar a nadie, mientras a mi alrededor las hermanas, como una bandada de cuervos, se apartaban santiguándose.
Salí al patio. El sol apenas asomaba, y ya hacía calor.
Caminé por el sendero de pedregullo y por un rato no pensé en nada. La sensación fue extraña: estaba demasiado acostumbrada a pensar. En mis pecados, principalmente. En los misterios del Rosario. En fin, en todo lo que una buena monja debe pensar. Hasta pensaba en maneras de ahuyentar a los pensamientos impuros. O sea, pensaba hasta en no pensar.
Ahora, en cambio, mi mente era un páramo. Y por el momento, no tenía ni el menor deseo de llenarla con nada.
Seguí caminando. Crucé los muros del convento y salí al campo.
Me sorprendía no sentir angustia ni miedo. Solo una profunda curiosidad. Era como ser parte de un experimento científico: a ver qué le pasa a la monja más piadosa si una mañana se despierta sin Dios.
Me acosté sobre la hierba. Era tan alta que me cubrió por completo. Dejé que el sol entibiara mi piel. Ya había olvidado que tenía lunares simétricos a ambos lados del ombligo, y una cicatriz en el muslo izquierdo. Volví a acordarme de mi pelo, lo alboroté con mis dedos. Era suave.
¿No creer en Dios era este puro sentir?
¿No creer en Dios era estar desnuda en medio del campo?
¿No creer en Dios era reírme a carcajadas de mis propias preguntas?
Me aburrí de no pensar, y entonces pensé. Hice una lista de todo aquello en lo que había dejado de creer durante la noche: en las plegarias, en los versículos, en la seguridad que me brindaba mi hábito, en las otras monjas, en el pecado, en el miedo.
Me quedé dormida.
Desperté transpirada, con jaqueca y con Dios a flor de piel.
Miré al cielo y acepté su bienvenida.
Caminé liviana hacia su abrazo.
Hoy desperté transpirada, con jaqueca y atea.
Busqué en mi mesita de luz la Biblia y traté de leer algunos versículos. Me reí como si me hubiesen contado un chiste, de esos que no volví a escuchar desde que decidí internarme en el convento.
Me arrodillé para mis plegarias matutinas y me sentí ridícula, hablando sola y sin entender ni una palabra. Padre nuestro… ¿Nuestro? ¿De quiénes? ¿Padre? Yo soy huérfana, me dije.
El hábito colgaba en una silla. Quise ponérmelo y no supe cómo. Me enredé en él y casi me caigo. Eso también me dio risa.
En ese momento sonaron las campanas que llamaban a la misa. Sabía que debía vestirme y reunirme con las hermanas. ¿Qué hermanas?, pensé. Esas no son mis hermanas. Y me acordé de Clara y de Paulina, tan lejos, tan fuera del mundo en el que hasta ahora yo vivía.
Un mundo que se había esfumado durante la noche y me había dejado completamente desnuda. Pura piel y vísceras, pura vista, oído, olfato, gusto, tacto. Puro instinto.
No me había quedado ni siquiera el pudor. Ni siquiera el miedo.
Algo andaba mal. Me sentía demasiado bien.
De modo que esto es ser atea, me dije. Así se siente no creer en Dios.
¿Qué había pasado mientras dormía? ¿Qué castigo divino, qué extraño aprendizaje me había despojado de todo lo que moldeaba mi personalidad y me había convertido en otra cosa? Ni siquiera me atrevía a afirmar que aún era una persona.
Otras monjas sufrieron crisis de fe antes que yo. Imploraron perdón, se flagelaron. Todas juntas rezamos para ayudarlas a reencontrarse con Dios, y cantamos con alborozo cuando ellas volvieron al camino del Señor.
Pero ahora, de solo imaginar a las hermanas rezando por mí me daba vergüenza ajena.
–Se acabó. No hay Dios –dije en voz alta. Y salí de mi celda, desnuda. Recorrí el pasillo sin mirar a nadie, mientras a mi alrededor las hermanas, como una bandada de cuervos, se apartaban santiguándose.
Salí al patio. El sol apenas asomaba, y ya hacía calor.
Caminé por el sendero de pedregullo y por un rato no pensé en nada. La sensación fue extraña: estaba demasiado acostumbrada a pensar. En mis pecados, principalmente. En los misterios del Rosario. En fin, en todo lo que una buena monja debe pensar. Hasta pensaba en maneras de ahuyentar a los pensamientos impuros. O sea, pensaba hasta en no pensar.
Ahora, en cambio, mi mente era un páramo. Y por el momento, no tenía ni el menor deseo de llenarla con nada.
Seguí caminando. Crucé los muros del convento y salí al campo.
Me sorprendía no sentir angustia ni miedo. Solo una profunda curiosidad. Era como ser parte de un experimento científico: a ver qué le pasa a la monja más piadosa si una mañana se despierta sin Dios.
Me acosté sobre la hierba. Era tan alta que me cubrió por completo. Dejé que el sol entibiara mi piel. Ya había olvidado que tenía lunares simétricos a ambos lados del ombligo, y una cicatriz en el muslo izquierdo. Volví a acordarme de mi pelo, lo alboroté con mis dedos. Era suave.
¿No creer en Dios era este puro sentir?
¿No creer en Dios era estar desnuda en medio del campo?
¿No creer en Dios era reírme a carcajadas de mis propias preguntas?
Me aburrí de no pensar, y entonces pensé. Hice una lista de todo aquello en lo que había dejado de creer durante la noche: en las plegarias, en los versículos, en la seguridad que me brindaba mi hábito, en las otras monjas, en el pecado, en el miedo.
Me quedé dormida.
Desperté transpirada, con jaqueca y con Dios a flor de piel.
Miré al cielo y acepté su bienvenida.
Caminé liviana hacia su abrazo.
lunes, 24 de enero de 2011
La mancha de humedad
–Habría que pintar el cielorraso –comentó él, apenas se apartó de ella para recostarse en su lado de la cama.
–Yo también te quiero –respondió ella, irónica, clavando sus ojos en la mancha de humedad, que esa noche tenía forma de murciélago.
–¿Y ahora qué dije?
–Nada. Justamente.
–No me vas a decir que a esta altura del partido todavía querés que te diga que estuvo genial.
–Para nada. No hace falta que mientas; no se puede pretender genialidad en diez minutos –dijo ella, y se puso de costado, dándole la espalda.
Hacía tiempo que se había acostumbrado a dormir en el borde de la cama, para poner la mayor distancia posible entre los dos. El centro del colchón siempre estaba frío, y por la mañana las sábanas ni siquiera estaban arrugadas.
Miró las agujas luminosas del despertador. El segundero apenas había dado un par de vueltas cuando escuchó los primeros ronquidos. Entonces, volvió a ponerse boca arriba y sonrió al ver la mancha de humedad.
Ya no tenía forma de murciélago. Era una gaviota. Y después fue la cara de alguien que creía recordar sólo por sus caricias. Y los contornos desdibujados de la adolescente que había sido. Y los brazos abiertos de su abuela. Y las páginas de un libro, llamándola.
Ni loca la taparía con pintura. Era la única manera que tenía de escapar de la realidad de esa cama, que ya era un barco naufragando en la tormenta.
Los días pasaron en puntas de pie, y sin que ella se diera cuenta llegó el año nuevo. Hacía casi dos meses que él no la tocaba. Y mientras tanto, la mancha de humedad había invadido la mitad del cielorraso. Él seguía insistiendo en que había que pintar. Ella le decía que, si quería hacerlo, que le pagara con su sueldo a un pintor, o que lo hiciera él mismo. Y entonces se terminaba la discusión, porque él ganaba la mitad que ella y no estaba dispuesto a gastarse su sueldo en eso. Y menos que menos, a pintar.
Así que todas las noches ella se dejaba seducir, dibujar, acunar, no por las manos de él, sino por los contornos de color café con leche que trazaban mapas en el techo. Hasta que una vez, por fin, se quedó sola. Con toda la cama para ella. Todavía no se atrevía a ocuparla entera; seguía acurrucada en el borde. Apenas deslizaba una pierna, de vez en cuando. Él se había mudado esa mañana, y lo único que ella lamentaba eran las marcas que habían dejado en las paredes los muebles que él se había llevado.
Miró la mancha de humedad y dijo: “Al fin solas”. Vio su propia cara, sonriente y llena de historias por contar. Le guiñó un ojo y, antes de dormirse, buscó un cuaderno en su mesita de luz y empezó a escribir el cuento que las formas del cielorraso le dictaron, cambiando una y otra vez y llenando la habitación de pájaros, aventuras y promesas.
–Yo también te quiero –respondió ella, irónica, clavando sus ojos en la mancha de humedad, que esa noche tenía forma de murciélago.
–¿Y ahora qué dije?
–Nada. Justamente.
–No me vas a decir que a esta altura del partido todavía querés que te diga que estuvo genial.
–Para nada. No hace falta que mientas; no se puede pretender genialidad en diez minutos –dijo ella, y se puso de costado, dándole la espalda.
Hacía tiempo que se había acostumbrado a dormir en el borde de la cama, para poner la mayor distancia posible entre los dos. El centro del colchón siempre estaba frío, y por la mañana las sábanas ni siquiera estaban arrugadas.
Miró las agujas luminosas del despertador. El segundero apenas había dado un par de vueltas cuando escuchó los primeros ronquidos. Entonces, volvió a ponerse boca arriba y sonrió al ver la mancha de humedad.
Ya no tenía forma de murciélago. Era una gaviota. Y después fue la cara de alguien que creía recordar sólo por sus caricias. Y los contornos desdibujados de la adolescente que había sido. Y los brazos abiertos de su abuela. Y las páginas de un libro, llamándola.
Ni loca la taparía con pintura. Era la única manera que tenía de escapar de la realidad de esa cama, que ya era un barco naufragando en la tormenta.
Los días pasaron en puntas de pie, y sin que ella se diera cuenta llegó el año nuevo. Hacía casi dos meses que él no la tocaba. Y mientras tanto, la mancha de humedad había invadido la mitad del cielorraso. Él seguía insistiendo en que había que pintar. Ella le decía que, si quería hacerlo, que le pagara con su sueldo a un pintor, o que lo hiciera él mismo. Y entonces se terminaba la discusión, porque él ganaba la mitad que ella y no estaba dispuesto a gastarse su sueldo en eso. Y menos que menos, a pintar.
Así que todas las noches ella se dejaba seducir, dibujar, acunar, no por las manos de él, sino por los contornos de color café con leche que trazaban mapas en el techo. Hasta que una vez, por fin, se quedó sola. Con toda la cama para ella. Todavía no se atrevía a ocuparla entera; seguía acurrucada en el borde. Apenas deslizaba una pierna, de vez en cuando. Él se había mudado esa mañana, y lo único que ella lamentaba eran las marcas que habían dejado en las paredes los muebles que él se había llevado.
Miró la mancha de humedad y dijo: “Al fin solas”. Vio su propia cara, sonriente y llena de historias por contar. Le guiñó un ojo y, antes de dormirse, buscó un cuaderno en su mesita de luz y empezó a escribir el cuento que las formas del cielorraso le dictaron, cambiando una y otra vez y llenando la habitación de pájaros, aventuras y promesas.
miércoles, 19 de enero de 2011
Lista de deseos
A ver si con el nuevo año, el blog se llena un poco más. Está medio desinflado últimamente. Lo cual no significa que no esté escribiendo, eh, pero nada de lo que escribí es materia de blog, sino de novela (¡epaaaaaa!).
El 2011, como todo año que empieza, también es un cuaderno en blanco, y como recordarán quienes vienen leyéndome, los cuadernos nuevos son una de mis pasiones. Así que, entonces, vamos a ponerle pasión a este cuaderno (digo, a este año) nuevo.
Aquí va una lista que escribí a fin de año. Es lo que deseo que todos hagamos, tengamos y vivamos en el 2011.
- Caminar por veredas soleadas y jugar a hacer sombras.
- No irnos a dormir sin haber dicho "te quiero" (o "te amo", como más les guste) a alguien.
- Hacer sonreír por lo menos a una persona por día.
- Escribir al menos una página por día, y quedarnos contentos con lo que escribimos.
- Remontar un barrilete.
- Patinar (o, al menos, aprender a hacerlo).
- Volver a algún lugar que signifique mucho para nosotros y revivir ese recuerdo, si es en compañía, mejor.
- Ver por lo menos una peli que nos haga reír a carcajadas y por lo menos una que nos haga llorar a moco tendido.
- Leer un libro que nos cambie la vida.
- Descubrir algo que no sabíamos acerca de nosotros mismos.
- Aprender algo que pensábamos que nunca aprenderíamos.
- Cocinar para alguien que amamos.
- Jugar a algo que jugábamos cuando éramos chicos
- Que no nos falte el chocolate
- Dejar de intentar conformarnos con lo que no nos conforma.
- Hacer las paces con alguien (puede ser con uno mismo).
- Reencontrarnos con algún familiar o amigo que extrañamos y a quien no vemos hace mucho.
- No pasar un solo día sin música.
- No pasar un solo día sin leer.
- Abrazar y/o besar al menos a una persona por día.
- Enamorarnos (sí, por supuesto que vale enamorarse otra vez de la misma persona de quien ya se enamoraron antes).
- Agradecer.
- Recordar con amor y sin dolor a los que ya no están con nosotros.
- Oler jazmines.
- Bailar alocadamente y matarnos de la risa, aunque no sepamos bailar.
- Cantar en la ducha.
- Sentirnos orgullosos de nuestros logros.
- Decirle a alguien que admiramos cuánto lo/la admiramos.
- Hacer un regalo especial.
- Recibir un regalo especial.
- Comer ñoquis con amigos todas las lunas llenas.
- Compartir juntos otro año tan maravilloso como este que se terminó.
¿Alguien quiere agregar más deseos a la lista? ¡Salud!
El 2011, como todo año que empieza, también es un cuaderno en blanco, y como recordarán quienes vienen leyéndome, los cuadernos nuevos son una de mis pasiones. Así que, entonces, vamos a ponerle pasión a este cuaderno (digo, a este año) nuevo.
Aquí va una lista que escribí a fin de año. Es lo que deseo que todos hagamos, tengamos y vivamos en el 2011.
- Caminar por veredas soleadas y jugar a hacer sombras.
- No irnos a dormir sin haber dicho "te quiero" (o "te amo", como más les guste) a alguien.
- Hacer sonreír por lo menos a una persona por día.
- Escribir al menos una página por día, y quedarnos contentos con lo que escribimos.
- Remontar un barrilete.
- Patinar (o, al menos, aprender a hacerlo).
- Volver a algún lugar que signifique mucho para nosotros y revivir ese recuerdo, si es en compañía, mejor.
- Ver por lo menos una peli que nos haga reír a carcajadas y por lo menos una que nos haga llorar a moco tendido.
- Leer un libro que nos cambie la vida.
- Descubrir algo que no sabíamos acerca de nosotros mismos.
- Aprender algo que pensábamos que nunca aprenderíamos.
- Cocinar para alguien que amamos.
- Jugar a algo que jugábamos cuando éramos chicos
- Que no nos falte el chocolate
- Dejar de intentar conformarnos con lo que no nos conforma.
- Hacer las paces con alguien (puede ser con uno mismo).
- Reencontrarnos con algún familiar o amigo que extrañamos y a quien no vemos hace mucho.
- No pasar un solo día sin música.
- No pasar un solo día sin leer.
- Abrazar y/o besar al menos a una persona por día.
- Enamorarnos (sí, por supuesto que vale enamorarse otra vez de la misma persona de quien ya se enamoraron antes).
- Agradecer.
- Recordar con amor y sin dolor a los que ya no están con nosotros.
- Oler jazmines.
- Bailar alocadamente y matarnos de la risa, aunque no sepamos bailar.
- Cantar en la ducha.
- Sentirnos orgullosos de nuestros logros.
- Decirle a alguien que admiramos cuánto lo/la admiramos.
- Hacer un regalo especial.
- Recibir un regalo especial.
- Comer ñoquis con amigos todas las lunas llenas.
- Compartir juntos otro año tan maravilloso como este que se terminó.
¿Alguien quiere agregar más deseos a la lista? ¡Salud!
sábado, 7 de agosto de 2010
Frente al espejo
Hoy me estuve mirando en mi espejo. Es implacable. No porque no me halague, al mejor estilo del de la reina de Blancanieves, sino porque, además de los halagos, me señala otras cosas. En eso también se parece al Espejo Mágico (que, después de todo, no era tan obsecuente, pues se atrevió a admitir que su dueña ya no era la más bella). Así sucede con la magia: no siempre nos muestra lo que queremos ver.
¿Y que vi? ¿Cómo me vi frente a ese espejo que, por momentos, se empaña y me obliga a parpadear un poco? (¿o son mis ojos los que se empañan, y por eso parpadeo? ¿O somos ambos?).
Vi que me tendría que cortar el flequillo. Es cierto. Pero hay otros detalles:
Vi una arruga en la comisura de los labios que estoy empeñada en que se profundice por mucho reír, y ya no por mucho llorar.
Vi unos ojos hinchados de preguntas, inundados de recuerdos, empañados de un presente que aprendo a atesorar segundo a segundo, aunque a veces me cueste detener ciertos huracanes de "ojalá todo fuese distinto".
Vi unas ojeras de cansancio que así da gusto tener (mi abuela diría "el calavera no chilla").
Vi mis hombros erguidos, la frente en alto, la mirada en un horizonte que yo misma dibujo y cuya distancia a veces parece remotísima y otras disminuye segundo a segundo hasta acercarme a lo que sueño (bueno, qué quieren, soy ciclotímica).
Vi miedos: a que no me quieran, a decir algo que lastime a alguien, a no estar "haciendo lo correcto". A veces los mando de una patada a la reputísima madre que los parió (o sea, yo misma), y otras veces los cargo a upa como hijos míos que son, con lo cual de mi postura erguida queda poco y nada. Mi espejo me dice que encorvada con tanto peso no estoy linda, que afloje, que los suelte.
Vi que mi cuerpo, antes borroneado de pura indiferencia (propia y ajena), va recuperando sus contornos, deja de ser casi un fantasma y ahora se planta firme con todos sus kilos (esos nuevos que aparecieron hace poco, también), sus poros, sus pelos, sus perfumes, sus sabores. Se planta, digo, y el espejo se regocija ante él.
Entonces me empiezo a desnudar.
Me saco todo lo que ya está viejo, lo que me queda mal, lo que me tira de sisa, lo que no me favorece: me saco la corrección política, me saco la cursilería, me saco la desconfianza, me saco la necesidad de aprobación, me saco la culpa, me saco la vergüenza... Y así, en bolas frente a mi espejo, que se empaña cada vez más (¿será de puro cachondo, digo yo?), saludo a esa mujer de casi cuarenta que está ahí, desnuda y a la vez vestida con todo lo que la hace ser María Inés (y no la hija de, la hermana de, la empleada de, la ex mujer de, la mamá de...).
Entonces le pregunto: "Espejito, espejito... ¿cómo estoy?"
Y él me contesta, embelesado: "La pilcha es lo de menos... lo que vale es la percha".
¿Y que vi? ¿Cómo me vi frente a ese espejo que, por momentos, se empaña y me obliga a parpadear un poco? (¿o son mis ojos los que se empañan, y por eso parpadeo? ¿O somos ambos?).
Vi que me tendría que cortar el flequillo. Es cierto. Pero hay otros detalles:
Vi una arruga en la comisura de los labios que estoy empeñada en que se profundice por mucho reír, y ya no por mucho llorar.
Vi unos ojos hinchados de preguntas, inundados de recuerdos, empañados de un presente que aprendo a atesorar segundo a segundo, aunque a veces me cueste detener ciertos huracanes de "ojalá todo fuese distinto".
Vi unas ojeras de cansancio que así da gusto tener (mi abuela diría "el calavera no chilla").
Vi mis hombros erguidos, la frente en alto, la mirada en un horizonte que yo misma dibujo y cuya distancia a veces parece remotísima y otras disminuye segundo a segundo hasta acercarme a lo que sueño (bueno, qué quieren, soy ciclotímica).
Vi miedos: a que no me quieran, a decir algo que lastime a alguien, a no estar "haciendo lo correcto". A veces los mando de una patada a la reputísima madre que los parió (o sea, yo misma), y otras veces los cargo a upa como hijos míos que son, con lo cual de mi postura erguida queda poco y nada. Mi espejo me dice que encorvada con tanto peso no estoy linda, que afloje, que los suelte.
Vi que mi cuerpo, antes borroneado de pura indiferencia (propia y ajena), va recuperando sus contornos, deja de ser casi un fantasma y ahora se planta firme con todos sus kilos (esos nuevos que aparecieron hace poco, también), sus poros, sus pelos, sus perfumes, sus sabores. Se planta, digo, y el espejo se regocija ante él.
Entonces me empiezo a desnudar.
Me saco todo lo que ya está viejo, lo que me queda mal, lo que me tira de sisa, lo que no me favorece: me saco la corrección política, me saco la cursilería, me saco la desconfianza, me saco la necesidad de aprobación, me saco la culpa, me saco la vergüenza... Y así, en bolas frente a mi espejo, que se empaña cada vez más (¿será de puro cachondo, digo yo?), saludo a esa mujer de casi cuarenta que está ahí, desnuda y a la vez vestida con todo lo que la hace ser María Inés (y no la hija de, la hermana de, la empleada de, la ex mujer de, la mamá de...).
Entonces le pregunto: "Espejito, espejito... ¿cómo estoy?"
Y él me contesta, embelesado: "La pilcha es lo de menos... lo que vale es la percha".
domingo, 4 de julio de 2010
Regalos
El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra: a que todos hicieron alguna vez un regalo sin ganas, sin pensar en la persona que lo recibiría. ¿Verdad que sí? Yo también, pero me da una culpa terrible. Siento que, si no pienso en algo especial para el homenajeado, lo estoy traicionando. Y, en cierto modo, es así.
A ver, hagamos una lista de típicos regalos "despersonalizados": pañuelos, medias, agendas, jabones, toallas, repasadores de cocina, calendarios, monederos, corbatas, cinturones... La lista podría continuar, pero ya me aburre de sólo leerla.
Eso para no hablar del "reciclaje de regalos", otra práctica que me da muchísima culpa y que consiste (como también todos habrán hecho alguna vez) en regalar algo que a su vez nos regalaron y que no nos gusta o no nos sirve para nada (dicho sea de paso, alguna vez tendré que escribir ese cuento que me ronda desde hace tiempo, acerca de un regalo que circula de pariente en pariente por varias generaciones, sin que nadie admita jamás que es "reciclado").
Yo tengo una especie de Ley Personal del Regalo: trato de elegir siempre algo que la otra persona no "necesite". Por ejemplo, cuando se acerca el cumpleaños de mi viejo y mi mamá me insinúa "a tu papá le hacen falta unas zapatillas", voy corriendo a averiguar cuánto sale una brújula, o un libro de física, o cualquier cosa menos las necesarias zapatillas. Yo regalo cosas "para jugar", cosas que brinden el placer, aunque sea momentáneo, de escapar de "lo que hace falta".
Se me dio por pensar en los regalos que más me gusta recibir (y que conste que no estoy mangueando, eh, mi cumple ya pasó hace rato). No sólo libros, eso está fuera de discusión. Un libro es una apuesta segura en mi caso. Pero además, amo los regalos inesperados, los que a mí no se me hubiese ocurrido comprar. Me provocan el placer inmenso de comprobar que quien me hizo ese regalo descubrió en mí algo que a veces ni siquiera yo misma conocía, y que me hace merecedora de ese objeto especial.
A ver, voy a hacer una lista de algunos regalos maravillosos que me han sorprendido y emocionado, por distintas razones:
- Un sacapuntas con forma de carroza de Cenicienta
- Una minilámpara de lectura, plegable, que se engancha en el libro
- Un pisapapeles de cristal con una flor de resina azul adentro
- Un reloj traído de Alemania casi de contrabando
- Un caleidoscopio que, en vez de vidriecitos de colores, tiene una lente para que las imágenes se formen según lo que estamos enfocando
- Un platito de cerámica con forma de tetera, para apoyar los saquitos de té al sacarlos de la taza (ven, este es un claro ejemplo de algo totalmente inútil... ¡pero tan lindo!)
- Un lápiz portaminas caríiisimo, de metal, un lujo
- Un perfume de rosas, con un pimpollo de verdad flotando dentro
- Un colgante con un dije de Tweety
- Una figurita de un guapo de tango apoyado en un farol... tallada íntegramente en un fósforo
- Una caja de acuarelas
- Un alhajero de madera tallada
- Una olla y una sartén (no se rían, no saben todo lo que significan ESA olla y ESA sartén)
- Un libro que ya tenía... pero que no me importó tener repetido.
Regalos inesperados. Regalos para descubrirme y para descubrir algo nuevo en las personas que me los dieron.
Ahí está la gracia del acto de regalar.
Descubrámonos. Sorprendámonos. Entreguémonos, envueltos para regalo.
A ver, hagamos una lista de típicos regalos "despersonalizados": pañuelos, medias, agendas, jabones, toallas, repasadores de cocina, calendarios, monederos, corbatas, cinturones... La lista podría continuar, pero ya me aburre de sólo leerla.
Eso para no hablar del "reciclaje de regalos", otra práctica que me da muchísima culpa y que consiste (como también todos habrán hecho alguna vez) en regalar algo que a su vez nos regalaron y que no nos gusta o no nos sirve para nada (dicho sea de paso, alguna vez tendré que escribir ese cuento que me ronda desde hace tiempo, acerca de un regalo que circula de pariente en pariente por varias generaciones, sin que nadie admita jamás que es "reciclado").
Yo tengo una especie de Ley Personal del Regalo: trato de elegir siempre algo que la otra persona no "necesite". Por ejemplo, cuando se acerca el cumpleaños de mi viejo y mi mamá me insinúa "a tu papá le hacen falta unas zapatillas", voy corriendo a averiguar cuánto sale una brújula, o un libro de física, o cualquier cosa menos las necesarias zapatillas. Yo regalo cosas "para jugar", cosas que brinden el placer, aunque sea momentáneo, de escapar de "lo que hace falta".
Se me dio por pensar en los regalos que más me gusta recibir (y que conste que no estoy mangueando, eh, mi cumple ya pasó hace rato). No sólo libros, eso está fuera de discusión. Un libro es una apuesta segura en mi caso. Pero además, amo los regalos inesperados, los que a mí no se me hubiese ocurrido comprar. Me provocan el placer inmenso de comprobar que quien me hizo ese regalo descubrió en mí algo que a veces ni siquiera yo misma conocía, y que me hace merecedora de ese objeto especial.
A ver, voy a hacer una lista de algunos regalos maravillosos que me han sorprendido y emocionado, por distintas razones:
- Un sacapuntas con forma de carroza de Cenicienta
- Una minilámpara de lectura, plegable, que se engancha en el libro
- Un pisapapeles de cristal con una flor de resina azul adentro
- Un reloj traído de Alemania casi de contrabando
- Un caleidoscopio que, en vez de vidriecitos de colores, tiene una lente para que las imágenes se formen según lo que estamos enfocando
- Un platito de cerámica con forma de tetera, para apoyar los saquitos de té al sacarlos de la taza (ven, este es un claro ejemplo de algo totalmente inútil... ¡pero tan lindo!)
- Un lápiz portaminas caríiisimo, de metal, un lujo
- Un perfume de rosas, con un pimpollo de verdad flotando dentro
- Un colgante con un dije de Tweety
- Una figurita de un guapo de tango apoyado en un farol... tallada íntegramente en un fósforo
- Una caja de acuarelas
- Un alhajero de madera tallada
- Una olla y una sartén (no se rían, no saben todo lo que significan ESA olla y ESA sartén)
- Un libro que ya tenía... pero que no me importó tener repetido.
Regalos inesperados. Regalos para descubrirme y para descubrir algo nuevo en las personas que me los dieron.
Ahí está la gracia del acto de regalar.
Descubrámonos. Sorprendámonos. Entreguémonos, envueltos para regalo.
sábado, 8 de mayo de 2010
Del arte ¿perdido? de escribir cartas (y conservarlas)
Además del querido diario, antes yo escribía muchas cartas (sí, pueden decirme que tengo gustos anticuados). Cuando era chica tenía amigas por correspondencia, que había contactado a través del Billiken. Las elegía de localidades lo más lejanas posibles; no me interesaba conocerlas personalmente, la gracia estaba en ser amigas "de papel".
El ritual de escribir esas cartas era un momento que atesoraba. Nos contábamos cosas del colegio, intercambiábamos papeles con dibujitos y stickers. A las amigas "preferidas" les escribía con más detalle, en hojas más lindas, con mi mejor letra. Y adoraba ir todos los días a revisar el buzón de casa, siempre a la misma hora, para ver si había cartas nuevas.
¿Qué conservé y qué perdí al pasar del correo de papel al e-mail?
Reviso mis casillas con la misma ansiedad con que antes abría el buzón. Me tomo mi tiempo para responder (no me gustan los mails "telegráficos"); sigo escribiendo largo, como si conversara (¡y sin abreviaturas!); agrego emoticones, como antes agregaba dibujitos y corazones.
Lo que extraño es lo que involucra los sentidos: la textura de un sobre; la caligrafía que reconozco y me alegra reencontrar (o la que no reconozco y me intriga); el color del papel, de la tinta; las estampillas, para despegarlas del sobre y coleccionarlas.
Me falta toda esa sensualidad. Y tanto la extraño, que suelo imprimir algunos mails muy especiales, para poder tocarlos al leerlos. Aunque no haya una caligrafía que reconocer.
Una carta puede ser un talismán, que uno tiene a mano para recordar mejor al otro, para sentir que, acariciando ese sobre, acariciamos la mano que lo escribió.
Así que a veces está bueno imprimir un mail y llevarlo en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero. Está bueno que nuestros dedos se tropiecen de vez en cuando con ese papel que, con el tiempo, empieza a deshilacharse, a desteñirse. Releer palabras que a lo mejor ya nos sabemos de memoria, pero ¿qué importa? Inventarle a esa hoja algún poder: cierta capacidad de hacernos compañía, de reemplazar o completar una presencia, un recuerdo. De darnos suerte. De entibiarnos.
¿A quién llevarían ustedes?
El ritual de escribir esas cartas era un momento que atesoraba. Nos contábamos cosas del colegio, intercambiábamos papeles con dibujitos y stickers. A las amigas "preferidas" les escribía con más detalle, en hojas más lindas, con mi mejor letra. Y adoraba ir todos los días a revisar el buzón de casa, siempre a la misma hora, para ver si había cartas nuevas.
¿Qué conservé y qué perdí al pasar del correo de papel al e-mail?
Reviso mis casillas con la misma ansiedad con que antes abría el buzón. Me tomo mi tiempo para responder (no me gustan los mails "telegráficos"); sigo escribiendo largo, como si conversara (¡y sin abreviaturas!); agrego emoticones, como antes agregaba dibujitos y corazones.
Lo que extraño es lo que involucra los sentidos: la textura de un sobre; la caligrafía que reconozco y me alegra reencontrar (o la que no reconozco y me intriga); el color del papel, de la tinta; las estampillas, para despegarlas del sobre y coleccionarlas.
Me falta toda esa sensualidad. Y tanto la extraño, que suelo imprimir algunos mails muy especiales, para poder tocarlos al leerlos. Aunque no haya una caligrafía que reconocer.
Una carta puede ser un talismán, que uno tiene a mano para recordar mejor al otro, para sentir que, acariciando ese sobre, acariciamos la mano que lo escribió.
Así que a veces está bueno imprimir un mail y llevarlo en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero. Está bueno que nuestros dedos se tropiecen de vez en cuando con ese papel que, con el tiempo, empieza a deshilacharse, a desteñirse. Releer palabras que a lo mejor ya nos sabemos de memoria, pero ¿qué importa? Inventarle a esa hoja algún poder: cierta capacidad de hacernos compañía, de reemplazar o completar una presencia, un recuerdo. De darnos suerte. De entibiarnos.
¿A quién llevarían ustedes?
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